Tenemos el cerebro frito

Disney.

La industria musical.

Hollywood.

La religión.

La cultura que nos adoctrina.

Las tradiciones que nos aplastan.

Tener que pertenecer a una multitud.

Valores que van en contra de nuestro crecimiento.

Demandas infantiles.

La familia.

Nos han hecho creer que la renuncia a uno mismo es un valor. Renuncio a mí para cuidar de ti, sino soy egoísta.

¿Desde dónde te quiero si yo no me quiero? No podemos dar lo que no tenemos.

Si no se quiere, no te quiere.

Me quiero, te quiero. Me cuido, te cuido. En ese orden.

Cada vez que me priorizo en mi vida, en esa misma medida, el viaje va tomando profundidad.

Como decía Jung, “No quiero ser una persona buena, sino una persona completa”. Y de eso trata el viaje, de recuperarse a sí mismo, de desaprender lo que me han impuesto y que atenta contra mí, de volver a mi autenticidad.

Desautorizar todo lo impuesto te lleva a un lugar solitario. Justamente para que aprendas a enfrentarte al mundo con responsabilidad, más desde lo que eres. Asumiendo los errores, sabiendo lidiar con la equivocación. El viaje da miedo, joder, claro. Estás explorando nuevas fronteras, saliendo de tu zona conocida. ¿Pero cuál es la alternativa? Quedarte en tu zona de confort te traerá aburrimiento y te sentirás asfixiado.

Aparta la voz de tu madre, la de tu padre, la de tu familia… y empieza a pensar realmente por ti. Desafía todas esas lealtades.

Vas a sentirte muy perdido y solo, viajero. Tus deseos van a molestar al sistema. Sentirás que vas contracorriente. Pero está bien.

Si nadie te mirara y te juzgara, ¿Qué harías? ¿Quién serías?

Mucha gente se agarra al “donde me lleve la vida”, pero esa respuesta es una manera de eludir la vida y tus responsabilidades.

El mundo te pide valentía y ganas de vivir. No te pide que hagas lo correcto o que no te equivoques.

Llena la vida de energía, atrévete a ser singular e inspira al resto. Sólo siendo “egoísta” sirves al mundo.

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